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Resguardos

Por Miguel Rodríguez Otero
February 2014

Mi padre hace cosas muy extrañas. Me doy cuenta cuando lo observo tomarse el café y estudiar los crucigramas de por la mañana. Se concentra en ellos como si en alguna esquina del recuadro se ocultara algún mensaje encriptado que escondiera las claves sobre los asuntos políticos y deportivos del día, o la resolución de la lista de la compra en el mercado. Por si acaso no estoy suficientemente informado, me lanza preguntas lingüísticas o semánticas de vez en cuando, para que me espabile y me despierte del aburrimiento que me provoca – él no lo sabe – tal rompecabezas.

Luego, cuando por fin lo soluciona o se rinde, lee el solucionario que resuelve los enigmas del día anterior, no tanto por encontrar las palabras justas que a él – y a mí – le faltaron, sino por cerciorarse de que alguien en el periódico había cumplido su obligación y había incluido el paquete correspondiente. La vida sigue en orden. Ya podemos irnos.

La mayoría de las tardes las pasa revisando y ordenando zapatos y papeles como si le fuera la vida en ello: a veces saca un lote de un cajón del cual después de un buen rato tira casi la mitad, por cansancio sobre todo. La otra mitad la arruga y forma un acolchado en cada caja de zapatos, o en las punteras de los mismos, como si tales escritos tuvieran una cierta talla, no sé si moral, de la que echar mano para reforzar la función de horma que se va perdiendo con el uso. Una vez me puse a inspeccionar los papeles que metía en los zapatos y descubrí que mayormente eran recibos: de la luz, la basura, el agua o hacienda, facturas todas que informaban de pagos efectuados o cobros pendientes, servicios y arreglos del ir viviendo. Al instante comprendo que lo que busco es el revelado de un secreto, un mensaje que desentrañar igual que los que mi padre trata de descifrar tan inútilmente en los crucigramas del día. Zapatos. Y papeles.

Intento instruirle sobre los cajones que aún quedan con múltiples y desconocidos papeles y zapatos, y cómo ninguno de ellos requiere de la premura que él adjudica a tal actividad de desglose y relleno. Contagiado del cansancio organizativo, se lo explico igual que haría con un niño pequeño al que trato con la dignidad de un anciano. A veces no distingo entre uno y otro. O confundo las palabras, y empleo otras que él recibe como las del crucigrama de por la mañana, difíciles de entender o con una definición que no se ajusta a su espacio vital. Demasiadas subordinadas. Quizás mañana lo vea más claramente, pienso, y vuelve a mí la imagen del solucionario.

No sé qué tipo de anciano es mi padre, después de tantos años sin serlo. Niño o viejo en sus comportamientos, es igualmente torpe y lento, sin necesidad de dilucidar la edad. Entrado ya en la medianía, les explico a ambos – anciano y niño, por si acaso – los procedimientos diarios de esta nueva vida, qué hacer y cómo, cuándo comer y no abrir la puerta a desconocidos. Todo ello como si la mía fuera la referencia o coordenada vital correcta, como si ellos dos fueran inferiores, incompletos y a medio camino aún, sin darme cuenta de que su afán es prepararse para lo que serán o dejarán de ser dentro de poco, durante un proceso en el que los hermanos los guiamos incluso físicamente.

Tanto a la hora de hacer crucigramas como de ordenar papeles o esconderlos en los zapatos, sus pensamientos me parecen la mayoría de las veces tan carentes de sentido como las sopas de letras. Otras veces, sin embargo, son devastadoramente lúcidos, de una manera que sobresalta y alarma la vida estable que nos vamos creando en las edades medianas. Lo procuramos como si la única edad equilibrada de la conciencia fuera la madurez, aunque claro, yo nunca he sido viejo, o al menos no me acuerdo. Quizás ellos tampoco, y no necesiten ya esa plena perspectiva para con su conciencia que nosotros creemos que tenemos. Transitorio, sentenciamos, y con ello damos carpetazo al crucigrama. Lo suyo es algo de paso, como la niñez, y por tanto fronterizo entre la vida y lo que sea. Aunque quizás no sea su etapa terminal, sino la nuestra, intermedia, la que marca este territorio de frontera entre principios y finales, entre dos aprendizajes o al menos dos despedidas. Un tiempo sin ley, como el zapato sin horma. Me asusta el taco de papeles que me llega al buzón cada semana.

Mi padre suda por las arrugas de la frente.






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