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Por Miguel Rodríguez Otero
December 2013

Las tareas habituales de mis días de niño consistían mayormente en ir de un lado a otro de la casa comprobando cómo habían pasado la noche los objetos que el día anterior hubieran formado parte de mis aventuras o imaginaciones. Si algo había cambiado de sitio, trataba de averiguar el porqué en incursiones posteriores; miraba los rincones y los rastros que en ellos hubiera dejado mi familia, y bajaba al sótano a husmear en la leña, el carbón, los libros de botánica o las provisiones de las estanterías. Todas las mañanas recorría este territorio inanimado y misterioso, lleno de herramientas y utensilios a los que adjudicaba utilidades impensables en el mundo adulto.

Después salía a la calle a jugar con el balón, a pisar charcos de hielo si era invierno, o ver si me encontraba con Natalia, la chica de cerca del cruce cuya presencia alborotaba mis sentidos y disminuía mis percepciones. No comprendía cómo los demás niños del barrio podían vivir tan ajenos al tipo de crecimientos y aprendizajes que yo experimentaba continuamente. Sólo Natalia parecía entender mis descubrimientos, mis explicaciones y, lo que es más, mis desfrecuencias cardiacas cada vez que la veía y se los contaba.

De entre los repuestos necesarios para el invierno, uno de los imprescindibles era la recogida de leña para la calefacción. Solíamos ir una mañana de sábado a principios de otoño, y hacíamos este recorrido un par de veces al día. De camino a la maderería, mi padre empujaba la carreta en la que yo me subía de un salto y a cuyos extremos laterales me amarraba – para mantener el equilibrio – con los brazos en cruz, como un monoplano de los de antes.

A la vuelta, una vez echada la carga, yo seguía gravitando en mi aeroplano, esta vez por detrás y a los lados de la carreta en misión de acompañamiento y custodia, lanzándome en barrena a recoger los leños que se fueran cayendo con el vaivén del camino, y escoltando el convoy anual de leña a los 45 grados reglamentarios. Para mí era tan normal recorrer y salirme de los márgenes no siempre nítidos de la niñez, siempre jugando a otras vidas. Lo curioso es que mi familia lo daba por bueno así también. Al llegar, familia y vecinos participábamos en descargar y ordenar la leña en aquel sótano que se preparaba para los meses de invierno.

En una de estas ocasiones, como recompensa propia por un día de emoción y trabajo tan intensos, guardé unas pocas astillas debajo de mi cama – también aparté unas cuantas para Natalia – con las que armé un pequeño montón a manera de caja o fortín que patrullaba, pistola en mano, uno de mis vaqueros de plástico. Bajo mi cama no dormían monstruos, sino caravanas de granjeros compañeros míos de sótano que de vez en cuando me invitaban a tabaco.

De noche percibía el olor intenso de estas astillas, con mi soldado de juguete vigilando el fuerte de este salvaje extremo oeste de mi calle, y pensaba si quizás alguna vez mi amiga de piel roja y yo haríamos juntos esa travesía aeronáutica hacia el aserradero. A veces, si podíamos estar solos, Natalia me invitaba al desván de su casa, que olía a fruta, a menta y aún un poco a flores del verano, y me leía historias que yo no conocía por mis libros de cuentos, o me enseñaba a dibujar. Desde su ventana se veía a lo lejos la entrada del sótano de mi casa, a 224 pasos, por donde mi padre y yo habíamos metido la carreta de leños.

¿Nos viste llegar?

Las tuberías de la caldera no llegaban hasta el desván, con lo que si hacía frío nos echábamos un abrigo por encima y nos tapábamos entre cuentos, dibujos y olores mutuos, acurrucados en aquel recodo intermedio e íntimo de la niñez. Natalia me explicaba los entresijos de alguno de sus cuentos, mientras yo me quedaba agazapado en su pelo, sin moverme apenas, por no trastocar el argumento o el mechón que le caía por el hombro. En aquel desván individido en el que se aproximaban todas las vidas a las que jugaba, nunca necesitamos determinar qué recorridos ni qué márgenes más o menos infantiles o adultos debíamos respetar. Éramos todo al mismo tiempo, estremecidos y asombrados ante las manifestaciones de nuestra niñez común. Una tarde, en medio de aquel desorden de temperaturas y relatos, comenzó a nevar tempranamente. Desde la ventana de la buhardilla, los primeros copos iban haciendo manto y creaban un silencio sólo comparable a nuestros momentos de cartografía bajo mi abrigo. Vimos nevar durante mucho rato. Oímos nevar. Luego leímos otro cuento. Natalia me contó que aquella noche me siguió con la vista en cada una de las 224 pisadas con las que iba estrenando la nieve hasta la puerta de mi casa.

Yo nos recuerdo a ambos en cada una de ellas.

Hace poco, tantos años después, nos encontramos en el barrio en el que crecimos y al que siempre vuelvo cuando estoy en la ciudad. No recuerdo si hablamos mucho o poco, aunque sí atropelladamente; primero salieron a colación su casa nueva – con sótano – y los trasteros en los que trato de hilvanar historias y objetos aún sin función. Luego fueron nuestras tardes de desván, la nieve y la serrería. ¿Sigues dibujando? Después, el mechón por el hombro, el olor a flores del verano, y la sensación multiforme de ir recuperando muchas vidas comunes. Con la conversación y el paseo llegamos a mi casa de niño, desde donde esa noche recorrimos muchas veces los 224 pasos hasta la suya, y una y otra vez de vuelta, hasta que empezó a caer la helada. Como siempre, nos cubrimos bajo mi abrigo, en el que muy apretados casi cabíamos los dos, extendimos los brazos y por un instante – o muchos, no sé – volvimos a volar como cuando éramos niños, esta vez un biplano articulado sobre aquella calle con charcos de hielo que siempre olía a madera y a niñez.

Desde aquel entonces trato siempre de tener cerca algo de madera, quizás no ya un par de astillas fortificadas debajo de la cama, pero sí una caja de cedro en la mesita, un lápiz de carpintero o un trineo posalibros en la sala, algo que huela a aquel aserradero que ya no existe y más allá del cual se acababa la ciudad, a aquel recorrido con mi padre cuyo relato tanto le gustó a Natalia. Sólo mucho más tarde, con el diagnóstico de su enfermedad, comprendí que nunca volveríamos juntos a por astillas. Cada vez que vuelvo a casa lo abrazo con cuidado – como si mis brazos de aeroplano pudieran envolverle y devolvernos momentáneamente a ese viaje a por leña, a nuestros desempeños familiares de piloto y pasajero – y me lo llevo conmigo a esa guarida que escondiera debajo de la cama donde ya no mira nadie, para que conozca al vaquero del fuerte que me enseñó a fumar de niño y para que recuerde, ahora que se le van apagando los sentidos, lo intenso del olor a leña del fortín y a infancia – la suya o la mía, ambas me parecen bien.

Me estoy convirtiendo en mi propio padre.

Natalia no está segura de si los 224 pasos entre nuestras casas serán bastante para que nuestro biplaza despegue con tanto pasaje, ya que aparte del perro y del vaquero del fuerte nos traemos unas cuantas astillas, libros de cuentos aún sin leer y conservas que mi madre insistió en incluir, con lo cual puede que la avioneta necesite un poco más de distancia para despegar. Quizás si alargamos la pista hasta la serrería sea ya suficiente.

También me llevo el abrigo, claro.

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