add this print this page

Nos reuniremos los tres

Un cuento panameño

Por José Bolívar Villarreal Marín
July 2012
¡Pedro rompió el silencio de la noche con su saloma!

Bajaba de la montaña, del Canajagua, muy contento, pues sus sueños se harían realidad; nuevamente vería a María, la muchacha de ojos negros, tan negros como la noche sin luna…la que conoció en una fría noche en el Festival de la Virgen de las Mercedes.

Nuevamente su grito se dejó escuchar, erguido, con su sombrero de junco amarillo y la coleta de manta sucia, su pecho se expandía gritándole al monte en su lenguaje gutural. Los grillos callaron. Y la saloma se escuchó a través del valle y la montaña.

Las ramas de los árboles se movían, una leve brisa anunciaba el temporal que se avecinaba, diminutas gotas de agua comenzaron a caer; el frío de la media noche se dejó sentir.

Pedro arregló la ruana y siguió su marcha.

En un frondoso macano, en una rama posado un búho cantó. Pedro detuvo el caballo y fijó su mirada penetrante en aquel pájaro, pájaro de mal agüero, pensó… y en un arranque de valentía al ave increpó: ¿por qué cantas a estas horas? Le respondió el silencio. En ese momento, una ráfaga de viento cruzó el camino y el ave se alejó, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Pero Moro estaba inquieto, pateaba el camino de tierra y se movía nervioso, masticando con insistencia el freno. Quieto, quieto Moro, no te pongas así, que yo vengo preparado para lo que salga en este paraje; y en un gesto casi natural, tocó la cacha de su machete y lo sacó de la vaina.

Pedro comenzó a salomar, era su forma de decirle al monte que no tenía ni conocía el miedo.

Desde muy niño, había quedado huérfano, sus padres habían muerto y quedó al cuidado del sacerdote del pueblo. Con el padre Miguel aprendió a rezar, pues lo ayudaba en las misas y ahora era el momento de poner en práctica todo lo que recordaba.

Ave María Purísima musitó, intentando descifrar el canto de aquel pájaro de ojos grandes. Entre sus manos tomó el rosario que amarrado tenía en su correa y se encomendó a la potencia celestial: Virgencita milagrosa, ¡Virgen de las Mercedes! Protégeme del maligno, guía mis pasos y los de Moro, recuerda que te hice una promesa y yo voy hacia allá, a cumplirte, pero sin tu ayuda no podré llegar.

Silencio ─ oscuridad ─ silencio.

Moro seguía corcoveando, el animal, con sus sentidos habituados a lo extraño, a lo sobrenatural presentía algo, algo misterioso envolvía el ambiente.

Aquel hombre, curtido en la soledad, acostumbrado a lo imprevisto, mantuvo la calma, pensativo y como si el brioso corcel le entendiera le dijo ¡Vamos Moro, lo que Dios quiera será!

Poco a poco, a medida que avanzaba, podía escuchar el sonido de las cristalinas aguas del Río Guararé. Se detuvo, pues Moro quería tomar agua. Pedro se bajó y recostándose en un árbol de Poro cerró sus ojos pensando en María.

Era una noche oscura pero lentamente se fue llenando el cielo de estrellas, era el día de la serenata a la Virgen. Allí la conoció; tenía una pollera blanca, con encajes tejidos al mundillo y dos hermosas trenzas de color negro, tan negros como los ojos que tiernamente lo miraron por primera vez.

Por tembleques llevaba jazmines y un crucifijo adornaba su garganta, sus babuchas combinaban con el verde de las cintas del enjaretado de la camisa y los gallos o colas. Arrodillada estaba, sus miradas se cruzaron, ella ruborizada bajó sus ojos y en sus manos apretó el rosario.

Y de pronto, guitarras, mejoraneras, violines, tambores; el cajero de pie a lado de la cantalante para marcar el compás, el pujador, y el repicador, en ese orden se acomodaron en los taburetes y se escuchó la voz de un tambor norteao, que resonó en el atrio de la iglesia y el coro contestó al unísono.

La caja marcó el ritmo, lento, pausado y los tamboreros atentos, no se hicieron esperar y aquel diálogo sonoro envolvió a la multitud que arengaba con sus gritos y salomas. Llamaba el repicador con insistencia y el pujador contestaba diciendo, orientado, indicando cuando debían las parejas marcar los “Tres golpes”.

Había intercambio de parejas, salomas y sonrisas, el tamborito estaba en pleno apogeo. Y es que la cantalante tenía una impresionante voz, era tan guapa y parecía no cansarse. Las frases elocuentes, los elogios no se hicieron esperar. Ella seguía cantando, pero buscando entre los presentes a aquel guapo adolescente que con su sombrero a la pedrá, desde el primer momento la miró muy fijamente, y es que cuando el corazón habla, lo hace con palabras transformadas en miradas…

La emoción nubló su corazón, allí frente a ella estaba él invitándola a bailar, con su sombrero abanicaba el aire y su seguidilla dejaba al descubierto, las cutarras con roseta en el empeine y freno en la plantilla, no se hizo esperar, pues la multitud comenzó a aplaudir.

Con su pollera abierta, en la rueda parecía una mariposa en el mes de mayo. Pedro bailaba muy bien y María también. El círculo se amplió, hicieron la rueda suya y entonces su voz se escuchó más alta y clara que nunca antes, entonando:

¡Tambores, vengan tambores!

¡Tambores, vengan serenos!

que están brotando

en el pecho, hojitas

de un bello sueño.

Y siguieron bailando. Ninguno de los dos habló, con sus ojos se dijeron todo, la concurrencia comprendió cuando el tambor terminó y ambos se perdieron entre la gente.

En una esquina del parque, Pedro le brindó un barquillo y María lo disfrutó como si fuese una chiquilla. Se dijeron muchas cosas y se prometieron otras. Entre las cumbias de madrugada con violines y tambor fue naciendo un gran amor que creció en el festival.

Pedro prometió volver, María que lo esperaría y para sellar el compromiso fueron a la iglesia.

La virgen parecía sonreír, pero escuchaba.

Me voy al monte, voy a preparar la casa, el jorón lo llenaré de arroz y el maíz lo pondré en quintales. El chiquero de los puercos lo voy a cerrar con varas de matillo para que no se salgan y me dañen las tomateras y el yucal que pondré detrás de la casa.

María lo escuchaba.

El próximo año, para el festival te vendré a buscar; y María prometió esperarlo…

¡Nos veremos aquí, frente a la Virgen!

Sí, contestó Pedro, aquí nos veremos y así sellaron su amor.

Pedro trabajaba la tierra sol a sol para que a María no le faltase nada cuando a la casa llegara. Había comprado unas gallinas caratas ponedoras y un gallo escandaloso que al despuntar el alba anunciaba el nuevo día.

La casa de Pedro era de quincha, sus vecinos le habían ayudado a construirla mediante el sistema de “junta”; se distinguía porque el “terminado” lo había hecho con tierra blanca.

Él quería que todo estuviera en su lugar y comenzó a armar una cama más grande de varas de nazareno y a la cocina le hizo un “volao” para ampliarla. Del río trajo tres grandes piedras para arreglar el fogón (ya tenía una paila grande y dos ollas para la sopa).

Los platos eran de calabazo y las totumas para tomar agua ya las tenía preparadas en las tabillas del tinajero. Había conseguido dos tulas enormes que con mucho cuidado recortó para guardar la ropa, ya que Pedro era muy organizado.

Aunque la soledad era mucha, se contentaba sabiendo que cuando llegara María estarían juntos para siempre.

¡De pronto despertó! Sonrió, que sueño tan hermoso, seguramente María ya lo estaría esperando tal como habían acordado un año antes.

Caballo y jinete, en silencio, con sus propios pensamientos emprendieron el viaje rumbo al pueblo.

Como todos los años, el pueblo estaba lleno de gente, de los campos llegaban en grupos familiares a pagar sus mandas. Por todas partes había ventas de comida, música de violines y salomadotes.

Para su sorpresa, no se escuchaba el tamborito. Estarán descansando pensó. Pero la iglesia estaba llena, llena de un silencio sepulcral.

Resuelto entró; y quitándose el sombrero de junco amarillo preguntó: ¿quién se murió?

Silencio – silencio – todos lo miraron en silencio.

En el centro frente a la Virgen estaba un ataúd y en él María yacía inerte.

Pedro permaneció inmóvil. María vestía su hermosa pollera blanca y aún tenía los jazmines.

El sacerdote se le acercó y muy bajito le dijo: María me encomendó que le dijera que ella te esperó tal como te lo había prometido.

Silencio.

Una lágrima rodó por la mejilla de Pedro; y alzando sus ojos vio a la virgen que ya no sonreía pues también ella lloraba.

¿Por qué? Preguntó a la Virgen de las Mercedes. ¿Por qué murió? Virgen bendita, ante ti juramos amarnos y que este año nos reuniríamos los tres. ¿Por qué murió? ¡Ahora sólo quedamos tú y yo!

(Y recordó el canto del búho)

Encerrado en sus pensamientos, la tristeza lo embargaba, su mirada fija en la Virgen, así, absorto no notó que el padre se le acercó y casi musitándole al oído le dijo: Pedro, son tres, siguen siendo tres.

Pero Pedro en su agonía, no escuchaba, no comprendía lo que se le decía. En la iglesia había silencio ¡Son tres! Ustedes siguen siendo tres.

Él se le quedó mirando fijamente, tratando de entender lo que oía.

Si Pedro, tienes un hijo, tuyo y de María… alzó sus ojos y el rostro de la Virgen sonreía, miró el féretro y creyó ver que también su amada sonreía.

Se escuchó el llanto de un niño; y el Padre Miguel fue a buscar a Pedrito.

*El autor es investigador folklórico, jobovilla@gmail.com




back to top

COPYRIGHT 2012
La Voz, Cultura y noticias hispanas del Valle de Hudson

 

Comments

Comentario: Es un cuento muy hermoso. Abril 29/2014
Posted: 4/30/2014