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Anoche durmiendo

Por Samaria Torres Vélez
February 2011

Anoche, durmiendo lo vi entrar por mi boca,
un cocodrilo verde.
Sentí cómo con sus garras diminutas se agarraba de mis labios para poder entrar.
Finalmente lo logró…gracias a su esfuerzo.
Sentí la mitad de su cuerpo, empujándose y deslizándose dentro de mi boca.
Sentí como sus pies espinosos se movían, me causaba una sensación rara en la lengua.
Lo sentí olfateando en sus alrededores como si fuese reconociendo algo de su pasado.
Y se volteó.
Vio la luz de la luna que entraba por mi boca,
suspiró,
y continuó.
Lo sentía en la boca y me dio cosquillas cuando me tocó la úvula.
Intentó despertarme, pero no lo logró.
O tal vez sí, pero estaba tan estupefacta por el pánico que no me atreví a moverme.
Mis necesidades fisiológicas no me dejaban escaparme de esta situación,
Y mi garganta se secaba más y más.
Tenía que tragar
Y con ese pasaje de mi saliva, me tragué al cocodrilo.

Por suerte se pasó al esófago,
Y no se fue a los pulmones.
Lo sentí deslizándose lentamente con ese movimiento peristáltico que nos ayuda tanto a bajar los alimentos.
Pero esta vez era otra cosa
y cuando lo sentí llegando a la abertura del estómago,
algo ocurrió.
Se salió del esófago.

A mordiscos hizo una abertura y sentí cómo primero fue su hocico que penetró la pleura visceral y entre la mucosa pasaron sus ojos y su pata delantera.
Luego la otra, y su cuerpo escamoso pasaba por mi esófago.
Con dificultad logró enterrar las garras de la pata diestra trasera y se impulsó con fuerza hacia el abismo sangriento plasmoso entre mis vísceras.
Lo sentí flotando.
Dando marometas.
Y buscando algo.
Observando los glóbulos rojos que pasaban en el tráfico sanguíneo, viendo los nudos linfáticos de lejos y sintiendo las vibraciones agudas de los latidos de mi corazón.
Su resonancia hacia que el cocodrilo temblara durante su viaje flotante dentro de mí.

Fue entonces cuando sentí un dolor agudo en mi estómago.
Era un reflejo tardío que me hizo despertar por la hernia esofacal artificial creada por el señor cocodrilo.
Me moví un poco, pero temía que si me movía el dolor fuera a aumentar.
Entonces me quedé como momificada en mi posición fetal en la que estaba durmiendo…o soñando…o viviendo.

Al cocodrilo después de tanto esfuerzo le dio hambre.
Y olía algo que venía de la distancia, de donde esas vibraciones nacían, que era tan rico y decidió flotar y nadar rumbo a ese manantial vibrante.

Y llegó.
Pero como no vio ninguna abertura, de nuevo insertó sus garras y sus dientes para hacer un orificio por el cual pudiera entrar.

Instantáneamente abrí mis ojos.
El dolor penetrante era insoportable y sólo aumentaba más y más.
No podía moverme por ese maldito dolor paralítico que envenenaba mi cuerpo.
El cocodrilo entro más y más profundo.
Vio un manjar en el ventrículo izquierdo y empezó a mordisquear la parte carnosa muscular que tanto le gustaba.
Y sus mordiscos se volvieron mordidas, y sus mordidas se volvieron en mordacidades de hambrienta voracidad.
Se volvieron en delicias.
Yo miraba la pared,
no sentía más mi cuerpo.
Y el dolor fue disminuyendo poco a poco,
como el calor desaparece en el verano con la presencia de la brisa.
El cocodrilo comía y comía y comió.
Y se lleno de vida,
y se llevo la mia




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