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Usos y costumbres

Aristófanes y el amor en el mundo hispano

Segunda Parte

Por Arturo Michel Holland
June 2010
Hace mucho tiempo los humanos eran grandes y poderosas criaturas, con dos cabezas, cuatro pies, cuatro brazos, y dos órganos sexuales. Miraban a todos lados, y caminaban por la tierra completos, satisfechos, y felices. Pero los dioses se preocupaban que los humanos tuvieran demasiada fuerza, que eran demasiado arrogantes. Decidieron reprimirlos, partiédolos, cuerpo y alma, en dos - dos seres con dos pies y dos brazos - en la forma de los seres humanos como lo conocemos hoy día. Esta es la historia del amor. El cuento es la base del discurso de Aristófanes en el famoso Banquete de Platón.

El mundo hispanohablante de alguna manera ha adherido a esta teoría del amor según Aristófanes, aunque obviamente no se ha conservado íntegramente. Ha evolucionado y progresado a lo largo de los más de 2.000 años desde que se publicó. Por ejemplo, veamos brevemente la literatura española y latinoamericana, donde el amor es un elemento de insatisfacción, por la ilusión que el amor nos provoca, y es por lo tanto el incumplimiento del amor donde reside su verdadera virtud. Una clara exageración de la teoría original, pues se enfoca en los efectos adversos del amor como lo que lo distingue de las otras emociones humanas.

No hay mejor autor para darnos a entender esta evolución que el eterno romántico, Gustavo Adolfo Bécquer, en su Rima LXXVIII

Fingiendo realidades

con sombra vana,

delante del Deseo

va la Esperanza;

y sus mentiras,

como el Fénix, renacen

de sus cenizas.

La palabra Deseo con mayúscula es en sí un mensaje fuerte, pero lo que mejor hace Bécquer es captar la tensión entre la realidad del deseo, y la promesa de un amor superior y más absoluto. Aquí empieza a manifestarse la frustración y la desesperanza que provoca el amor. En ninguna teoría del amor se niega que la frustración exista; la explicación de Sócrates es que esta frustración resulta por no ascender exitosamente a los niveles más altos del amor. En cambio, para Aristófanes, la frustración no es un efecto del amor, es una característica del sentimiento.

¿Amor o tortura?

Este amor atormentador tiene un papel central en “La estrella de la tarde” del poeta ecuatoriano Julio Zaldumbide Gangotena:

¡Estrella del amor!, cuando te miro

brillar entre las sombras ¿por qué, dime,

triste mi corazón lanza un suspiro

 y un ansia vaga de llorar me oprime?

La tortura del amor refleja de nuevo la insatisfacción eterna que todos vivimos (aunque queramos creer, como Sócrates, que algún día conseguiremos estar satisfechos con el amor). La imagen de la estrella del amor que “brilla entre las sombras” es una imagen del ideal del amor perfecto de integridad física e intelectual. Su distante existencia, su promesa incumplida, y su ambigüedad presentan un sufrimiento, que Gangotena conecta directamente con el punto del enfoque del amor, el corazón que “lanza un suspiro”. Es una frustración emocional y también intelectual (“ansia”). Es una representación del amor todo consumidor – presenta un contraste con el amor de Sócrates que consiste primero de una concepción y estado intelectual, no de un estado emocional y físico. Esto no es sólo una progresión de la idea original, sino un alejamiento de la teoría de Sócrates, que se verá más claramente en otro aspecto más extremo.

Un bello abrazo

El otro aspecto proviene de dos factores de la teoría. El primero es que para Aristófanes toda relación sexual consiste de un acercamiento al estado de totalidad. Es una preciosa explicación de querer que un beso o un abrazo duren para siempre. Toda relación física es, por lo tanto, parte del amor, y no simplemente algo que los enamorados hacen. Veamos que, en las palabras de Aristófanes: “Hecha esta división, cada mitad hacía esfuerzos para encontrar la otra mitad de la que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra”.

La forma del cuerpo humano se eleva a un punto de veneración. Se celebra la forma humana como medio de acercarse al amor, de mejor conocerlo. De alguna manera, cuando uno ve otro cuerpo bello, lo que ve es el potencial de integridad. El segundo factor proviene de la pregunta que dado que esta unión perfecta es física y psicológicamente imposible, ¿nuestro amor nunca puede ser completamente saciado? ¿Estaremos siempre por lo menos un poco insatisfechos al no poder lograr lo que es el objetivo final del amor? Aristófanes no ofrece una respuesta, pero podemos razonar una respuesta lógica al estilo didáctico de Sócrates: si el amor consiste del deseo de ser y estar completo, y si la unión perfecta representaría el cumplimiento de dicho deseo, el amor cesaría de existir. El amor existe, por lo tanto, por la imposibilidad del objetivo que nos motiva a perseguirlo. De esta manera, el amor de Aristófanes es marcado por cierta insatisfacción.

De la insatisfacción al machismo

Esta insatisfacción se ve muy clara en el fabuloso poema “Canción de otoño en primavera” de Rubén Darío, que relata los muchos amores que tuvo el narrador “en tantos climas, /en tantas tierras”, y como todos no le ofrecieron la perfección que buscaba. “Mas a pesar del tiempo terco”, concluye Darío, “mi sed de amor no tiene fin;/ con el cabello gris me acerco/ a los rosales del jardín...” El amor que el poema define es el amor tortuoso, imposible, insaciable. El tono del poema vive un progreso hacia la desesperación, la tristeza y la nostalgia. La urgencia de la voz del narrador se va incrementando en cuanto el tiempo va pasando, la ansiedad se impone y la muerte se acerca, ya que el único objetivo de la vida para el narrador es la unión perfecta, que nunca acepta como imposible. Lo que empieza como una descripción del pasado se transforma en una reflexión intensamente emocional del presente.

Lo que surge de esta frustración es un pluralismo de amores, de siempre seguir buscando, hecho que Aristófanes reconoce en su discurso: “Cuando la una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra”. Esta combinación del gran valor de la sexualidad, y de lo que se podría llamar nihilismo amoroso, resulta en el amor más caricaturizado del mundo hispanohablante. Es el amor de ese estereotipo, de seducción, machismo, y de veneración de la forma física y el sexo. No significa que Aristófanes sea la causa de la dominación masculina –que existe en toda cultura–  sino que la influencia de su teoría, al reconocer las verdades del amor, es muy posible que haya menos estigma en torno al machismo, y por lo tanto sea apreciado, y, penosamente, aceptado. No es el amor que Aristófanes pretendía proliferar, pero sí tiene origen en su explicación.

Piedra de sol

Para concluir es oportuno dirigir nuestra atención al poeta por excelencia del mundo hispanohablante del siglo XX, Octavio Paz. En su aclamado “Piedra de sol” ofrece la síntesis perfecta del amor de Aristófanes. Primero, con un elogio al cuerpo humano, del deseo que provoca, y el potencial de integridad que representa.

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos

El amor como un concepto intangible, tortuoso, y “carnal”, una reflexión directa del discurso de Aristófanes, y muestra la extensión del impacto y la universalidad del amor que vemos rechazado en Europa occidental. Al declarar que “no hay nada en mí sino una larga herida”, el poeta reconoce a la herida común de todo ser humano, el corte original que nos desproveyó de la integridad física y espiritual, el corte del cual proviene todo dolor y frustración acerca del amor. En la tradición de la poesía del amor en Latinoamérica, Paz nos proporciona una veneración del cuerpo de su amante – una descripción en la que se difumina la división entre el realismo físico, y el mundo de la emoción inspirado por la forma humana.

Pero la tesis de la obra, su momento más impactante, está en su descripción del bombardeo de Madrid en 1937. Metido en una escena brutal del aspecto más grotesco del ser humano, el amor aparece resplandeciente, victorioso:

por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos;

Es el momento monumental más esperado, el objetivo y la conclusión de todos nuestros deseos, del querer de nuestras almas. Es la más perfecta interpretación de lo que propuso Aristófanes. Aquí, el amor tiene el poder de unir a la raza humana, de destruir toda barrera que nos divide. De vivir, pensar, y morir juntos con un solo alma. En este amor, y no el de Sócrates, reside el potencial de paz. Es el momento en que no somos dos, ni tres, ni mil millones, somos uno. Es el momento en que la integridad absoluta es posible, es el momento en el que el objetivo del amor entra en nuestra capacidad de mentalizar y comprender. Es el momento en el que Sócrates y toda cultura, teoría, y teología que le siguió enmudecen, porque se entiende que todo aquel deseo, toda relación sexual, toda frustración enloquecedora, y todo ese “estar” mereció la pena, por un solo instante de “ser” de nuevo completos y felices.

 

*Adaptado de un ensayo escrito para la clase Seminario del Primer Año de la profesora Nicole Caso en Bard College.





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