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Cuento

Los cassettes de Lucrecio González, el hombre de la grabadora

Novela por entregas

Por Ricardo Enrique Murillo
June 2015

60. Cesarín, el caricaturista 

Poco rato después de que entráramos a trabajar, y aprovechando que es lunes de poca clientela, Cesarín me dibujó en su libreta sin que me diera cuenta. Estaba yo hablando con el Capi del calor tan fuerte que hace este verano cuando vimos a Cesarín agachado en la mesa de las ensaladas, tranquilo, como siempre. Mosquita muerta, le dicen aquí los meseros. En eso se le arrimaron dos busboys a ver lo que hacía y me miraban y le veían las manos que tenía escondidas detrás de la cafetera, como si estuviera haciendo cuentas. De tanto que me miraban, dejé la máquina de los platos y fui a ver de qué se reían. Rápido me reconocí con mi sombrero panamá, pero el mechero no era el mío y la ropa me la hizo más guanga de lo que la traigo. Un espantapájaros. Le reclamé, pero sólo le daba risa. Luego se puso a dibujar en otra hoja limpia, como para que lo dejara en paz, y poco a poco le fue figurando las cejas de mona a Vicente Villa y a Felipe Brizuela sus tres espinillas en la nariz. Los dos cocinando con sus camisas de manga larga y sus mandiles llenos de manchas de salsa. Le dije que me dibujara como soy para poner el retrato en un cuadro. Dijo que sólo le salen caricaturas, pero no es cierto, a la anfitriona flaquita la dibuja con su carita larga, su nariz afilada y los labios de chica inocente que tiene. Le dije que ah, cómo nos discriminamos entre nosotros mismos y más risa le dio.

61. Los aleluyas

A veces vienen los aleluyas a pedirnos que nos arrepintamos. Les digo que no tengo de qué arrepentirme. Les enseño el bulto de la Chicharra que ronca debajo de las cobijas y les digo que, así como lo ven de chiquito, está lleno de pecados. Le hablan, lo mueven, le insisten que se levante a platicar de la palabra de Jehová un rato, pero él no les hace caso. Finge estar dormido. Sé que está despierto porque hace ratito estiró la mano para apagar la alarma. Si no estuvieran ellos aquí ya se habría levantado a tomarse su cerveza. No se va a levantar. Pienso en otros pecadores, como Totonaca y Felipe Brizuela, pero anoche ganaron en la baraja y se fueron a parrandear. No han llegado. Los aleluyas me preguntan si hay más gente y no tengo cara para mentirles. Arriba hay como seis, pero dormidos. Los aleluyas dicen que luego vienen con más tiempo a pedirles que se entreguen al Señor. Ya se fueron y la Chicharra piensa que todavía están aquí. Les dice que si algún día quiere entregarse, él se entrega solo.

62. El tío Atilano 

Había pensado mandarle un dinerito a mi tío Atilano en agradecimiento por lo mucho que nos ayudó cuando hicimos la casa. Acarreó toda la tierra del techo en sus burros sin aceptarnos un cinco. Se encargó de los animales el tiempo que no pudimos cuidarlos por lo ocupado que andábamos. Nos llevaba refrescos. Al albañil no le faltaron cigarros. En eso pensaba yo el otro día y ya tenía el giro comprado para mandárselo, pero me tardé y en la carta que acabo de recibir mi madre me dice que se murió en febrero. La tos del cigarro acabó con él en una noche. Estaba solo en el rancho. Pobre de mi tío Atilano. Tan buena gente que era. Tan servicial. Tan de palabra. ¿Por qué no se murió el ratero enmascarado que dicen que anda metiéndose a las casas, pistola en mano? ¿O los roba vacas a los que el gobierno no les dice ni pío aunque los encuentre con las manos en la masa? ¿Por qué tuvo que ser él? ¿Por qué no le mandé el giro antes? Y yo que pensaba ir en diciembre para que matáramos un puerco y nos lo comiéramos en tamales. Ni modo. Voy a mandárselo a la hija que le queda. De algo le ha de servir después de tantos gastos.

63. Sin cigarro

Que los doctores le acaban de quitar el cigarro al Capi porque le encontraron enfisema. En cuanto salió del hospital vino a decirle a Zulma que ya no podrá trabajar. Le entregó la carta del doctor. Le trajo en ganchos las guayaberas de mesero y las corbatas. Nos dijo que de ahora en adelante lo veremos cargando su tambito de oxígeno en la espalda, como los astronautas. ¿También se retira de la baraja, Capi? Le preguntó desde la cocina Totonaca. El Capi dijo que no, porque no lo habían amputado, y que se alistaran todos los pokareros con mucha lana porque ahora es cuando se va a dedicar de lleno a jugar baraja.

[CONTINUARÁ…]  


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La Voz, Cultura y noticias hispanas del Valle de Hudson

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