El artista chileno Manuel Guerra. Foto de Antonio Flores-Lobos
El artista chileno Manuel Guerra. Foto de Antonio Flores-Lobos
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Sueño americano

Manuel Guerra: De Chile a Ellenville

Y de lavaplatos a artista...

Por Antonio Flores-Lobos
October 2014
Hay unos que van a la Universidad y se graduan de una cosa, pero terminan hacienda otra. Hay otros que trabajan de una cosa, pero el destino los lleva para otros lugares, y terminan haciendo otra. Esa es, grosso modo, la historia del artista Manuel Guerra Mártis, que un día dejó su bullicioso Santiago de Chile, para remontarse al tranquilo y pintoresco pueblito de Ellenville, ubicado al sur del Condado de Ulster.

Pero esa historia, que transcurre a lo largo de sus ocho décadas, no ha concluído ya que por las mañanas, tras dar agua y platicar con un sinnúmero de plantas  que adornan su casa, el artista desciende al sótano, en donde le esperan sus utensilios, que le permiten dejar volar su imaginación y producir cuadros que siguen todavía exibiéndose en galerías por diferentes partes del planeta.

Pero no todo fue color de rosa para Don Manuel, quién cuenta ya con 81 años de edad. Corría el año 1973 cuando en Chile se llevaba a cabo un golpe de estado que acabaría con la democracia que lideraba el Presidente Salvador Allende.

Don Manuel trabajaba en una oficina, desde donde dirigía las relaciones públicas de una compañía metalúrgica. Todo iba bien, para él, sus cuatro hijos y su esposa, pero con el ascenso de la dictadura military del General Augusto Pinochet, su compañía terminó en la banca rota.

Sin trabajo, poca esperanza de sacar a la familia adelante, y viviendo en un clima de tensiones políticas, se dejó influir por su esposa, quién le sugirió que se viniera a Estados Unidos, aprovechando que su cuñado estaba ya acá, en Spring Valley, NY, para ser exactos.

Se preparó como pudo. Consiguió una visa en la embajada estadounidense en Chile bajo pretexto que venía a tomar unos talleres dictados por la Asociación Cristiana de Jóvenes, empacó lo esencial y cosió el teléfono y la dirección de su cuñado por dentro del hombro de su vestimenta.

El primer día en Nueva York

Con muchas ilusiones aterrizó en 1978 en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de la ciudad de Nueva York, y tras sobrevivir los cuestionamientos de los agentes de inmigración, procedió a ir al encuentro de su cuñado. Pero para desagradable sorpresa, nadie lo esperaba en el aeropuerto. Deambuló por los pasillos, tropezándose a veces con gente que hablaba otras lenguas y vestía diferente.

Entonces se metió a un baño, se quitó su saco y copió la dirección de su cuñado en un papel. Ese mismo día, a como pudo, se las arregló para llegar a la residencia de Spring Valley en donde el sorprendido cuñado le esperaba, no ese día, sino hasta el siguiente.  “Pero cómo, ¡no venías mañana!” fue la frase que le quedó grabada de aquél primer día en los Estados Unidos. Así comenzaba la odisea de Don Manuel en la tierra del Tío Sam. Y como venía a trabajar, al siguiente día estaba ya lavando platos en un restaurante.

Será cosas del destino, o una cosa lleva a otra, pero cuando menos lo pensó, supo de un trabajo en un hotel-resort-spa llamado Granit, ubicado en las Montañas Shawangunk, en el área de Kerhonkson. En su nuevo trabajo, ya no sería lavaplatos, sino que llegaba con la promoción de ser busboy, es decir, el asistente de camarero que limpia las mesas, trae el agua, el café, y recibe propinas.

Fue ahí que “Manuelo”, como le llamaban los clientes italianos, o “Manajah”, como le llamaban los clientes judíos, comenzó a dibujar trazando rayitas a lápiz en la parte posterior de los desechados menús diarios del restaurante. Primero lo tomó como un pasatiempo, y para que su mente no volara a Chile, en donde crecían sus hijos, todos menores de 12 años.

Se dio cuenta de que los dibujitos iban tomando fama y admiradores. Y es que Don Manuel, no sólo los dibujaba o los acumulaba en una carpeta, sino que se los iba regalando a sus compañeros de trabajo.  

Fue entonces que aprendió del talento que traía dentro, y comenzó a refinar su arte y ponerlo en cuadros. Habló con el jefe de piso y transformó aquel restaurante en galería. Así, mientras limpiaba las mesas veía cómo sus obras volaban a las manos de los clientes. Y es que su arte, al que los expertos han catalogado como “óptico” y “folclórico”, es complejo, surreal y abstracto, puesto que el chileno combina pintura con dibujo, escultura con objetos encontrados, dando lugar a ilusiones ópticas y geométricas.

La distancia se hacía sentir

Aunque sobrevivió algunas redadas de “la migra” en su trabajo, el futuro se veía cada vez más brillante en su nuevo país, sentía un vacío que con el tiempo se hacía más difícil de llenar. En aquellos tiempos en que no existían teléfonos celulares, ni internet, él recibía  audio cassetes con las voces y algaravías de su famila, así también como cartas de hasta catorce páginas de extensión.

Un mal día, en uno de esos en que la nostalgia no da para más, se sentó frente a su trabajo y comenzó a divagar en estar en una parada de autobús de su querido Santiago, con la esperanza de que el próximo autobús que pasara, lo llevaría  de regreso a casa, a sus hijos, a su esposa y los sabores de una tradicional cena chilena, acompañada de los suculentos olores del pan “marraqueta”.

De la divagación vino la decisión de que no regresaría a Chile a vivir y que era su familia la que se iba a venir a los Estados Unidos. Ellos estuvieron de acuerdo, pero no pudieron conseguir visa a Estados Unidos. Canadá sí los visó para que visitaran la ciudad de Montreal.

Mientras se las arreglaban para cruzar la frontera norte, Don Manuel felizmente se despidió de sus “roncadores” compañeros de apartamento, y rentó una casa para su familia, en donde, al principio libró, noche a noche, una mortal guerra contra ejercitos de cucarachas. La llegada de su esposa y sus hijos (Marco, Rodrigo, Carmen y “Chico”) a Ellenville fue, sin lugar a dudas, uno los más emotivos días de su vida, comenta el artista, cuyas obras han sido expuestas en Estados Unidos y Europa.

Y aunque sus hijos ya todos se graduaron de universidades, algunos se casaron, otros ya le dieron nietos, y uno se fue a vivir a Suiza, Don Manuel todavía, a sus 81 años de edad, suspira cuando habla de ese día cuando finalmete, tras años de espera, pudo abrazar a sus hijos y comer los manjares de la cocina chilena que su esposa le sigue cocinando hasta estas fechas.   

Hoy en día, Don Manuel ya no tiene que limpiar más mesas que la suya, pero eso no quiere decir que se haya jubilado. Todas las mañanas se levanta, toma su reglamentario café, desayuna con su esposa y riega y platica con sus plantas. Entonces, procede a descender al sótano, para dar rienda suelta a su imaginación, y perderse en el mundo del arte, el mismo que le ha hecho la vida más placentera, a lo largo de ocho décadas.

Para saber más sobre este artista, visite www.manologuerramartis.com

 


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